¡Corran! ¡Corran! ¡Llueven balas en Tlatelolco!

Por El Abuelo.

Queridos nietos, hoy les contaré una historia de mi juventud, cuando era profesor de filosofía en la UNAM, así que pónganse cómodos, traigan una manta y presten atención.

Corría el año de 1968, ya había tiempo que mis estudiantes y otros maestros organizaban marchas y manifestaciones en contra del gobierno mexicano. Yo nunca había participado en alguna. En realidad no tenía tiempo y tenía la idea de que no era la manera correcta de resolver las cosas. Uno de mis grandes compañeros de trabajo, el profesor Marcos, a quién apodábamos “Marx”, me invitó a un movimiento que sería el 2 de octubre, me dijo que este sería uno diferente, que participarían solo los intelectuales del pueblo mexicano, que sería pacifico, que hasta llevaría a su familia. Ese día lo tenía libre, así que acepte.
Cuando llegó el día, más o menos a la hora de la tarde, me dirigí en mi auto hacía la Plaza de las Tres Culturas. Se podían ver por las calles la extensa publicidad de los juegos olímpicos que se celebrarían en 10 días en el país. Entonces me entró una duda, las marchas y movimientos no cesaban y cada vez eran más grandes e imponentes, ¿cómo se vería esto frente a todo el mundo cuando ocurrieran las olimpiadas?
Deje ese pensamiento cuando el tráfico comenzó a ser más y más pesado y no tuve más opción que estacionar mi auto y caminar hasta la plaza. Con cada metro veía más gente y no sólo eso, miembros del ejército custodiaban el lugar. Marx me había dicho que sería un movimiento tranquilo y tenía la esperanza de que así fuera.
Cuando por fin llegué a la Plaza de las Tres Culturas mi impresión fue muy grande, el número de personas era impresionante. Había miles de estudiantes y miles de profesores pero también había muchas familias. No parecía un movimiento en contra del gobierno, más bien era como un concierto de algún artista de los que les gustaban a mis estudiantes. Esto me alegró.
Lentamente me fui adentrando en la multitud, sin darme cuenta ya me encontraba en el centro de toda esa gente. Por turnos los líderes de los grupos manifestantes comenzaron a hablar desde los edificios, toda la gente los vitoreaba y aplaudía.
Todo se encontraba perfectamente bien hasta que se escuchó un disparo, la multitud se hizo silencio, luego se escuchó otro disparo, luego otro y luego el pánico inundo a toda la gente. Todos comenzaron a correr, yo también lo hice. No entendía que pasaba, había gente gritando y los disparos no cesaban. Al llegar al final de la multitud observe como el ejército disparaba contra nosotros, me tire al suelo como primer impulso. El número de muertos en el piso era muy grande. Mi corazón casi da un salto cuando veo que uno de los muertos a mi lado era el profesor Marx. No escatime en tiempo y en el momento que tuve oportunidad salí corriendo.
Para mi fortuna, logré salir del caos que allí gobernaba sin que me atraparan o peor, asesinaran. Aunque ya estaba a bastante distancia no paré de correr y mientras lo hacía pensaba en todas esas pobres personas que seguían ahí, en los cientos de niños que habían acudido al movimiento y en mi amigo Marx y en su pobre familia.

Recuerdo bien como muchas personas que decían que todos los “alborotadores” merecían que los castigaran, callaron después de ese día. Aun así al pasar de los años este hecho ha ido perdiendo importancia en el pueblo mexicano, mucha gente que no lo vivió fue poco a poco olvidándolo y a pesar de que todos sabemos quién fue el culpable, nadie ha hecho nada para cobrarles las miles de muertes que causó solo por que al gobierno no le pareció éste tipo de manifestación.

A veces me siento en mi vieja mecedora, volteo a ver el fuego de mi chimenea mientras doy un sorbo a mi taza de café y me pongo a pensar, si yo no hubiera aceptado ir ese día a la Plaza de las Tres Culturas ¿me habría olvidado de esa masacre? ¿Me habría olvidado de mi amigo Marx? La respuesta es no, ya que el 2 de octubre no se olvida.

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