Abraham… suelta el filero porfas.

Por El Abuelo.

Queridos nietos, hoy les contaré una historia de mi juventud, en aquella época cuando conocí a mi querido amigo Abraham, así que pónganse cómodos, traigan una manta y presten atención.

Por ahí andaba yo, en los Estados Unidos, más o menos por 1850, caminando por las calles, me di cuenta de que en uno de los callejones oscuros que tenía a mi derecha estaba un hombre, delgado, con traje y un gran sombrero, tirado en un charco, con una pipa mojada y una puntiaguda pluma en la mano izquierda, parecía estar sollozando. Me acerque levemente para percatarme de que estuviese bien, a primera impresión, y con  la falta de luz, pensé que era un alcohólico en auge. Pero al escuchar uno de sus lamentos la voz me pareció conocida, como de televisión, al quitarle el sombrero me percaté de que era el mismísimo Abraham Lincoln intentando rasgarse las muñecas con una pluma.

De un manotazo le arranqué el peligroso artefacto y lo ayudé a levantarse, le pregunté donde vivía y lo llevé hasta su casa. Durante el camino iba recitando un poema entre lágrimas, no entendía cuál podría ser la tristeza del ya conocido político. Ya en su casa, nos sentamos en el sillón y comenzó a contar chistes para el mismo, parecía como si intentará consolarse el solo. Preparé un poco de té, no para cambiar sus nervios… sino los míos ¿Quién diría que me iba a encontrar a una personalidad como Abraham tirado y al parecer un pelín medio mal?

Abraham_Lincoln_O-60_by_Brady,_1862

Yo tenía que irme, pero no podía dejarlo solo, espere durante horas y el señor Abraham se había quedado dormido. Exactamente a las 6:00 de la tarde entro por la puerta principal una mucama de las que al parecer trabajaban en la casa, con una canasta de frescos vegetales colgando de su brazo izquierdo, al ver en las condiciones en las que se encontraba el aún no presidente (aclaro que cuando lo conocí no era presidente) se espantó, me miró y exclamó: ¡Oh no, otra vez no!

Ella lo cubrió con una manta, se apresuró a quitarle todas las plumas que el adormilado ídolo podía portar en su ya no tan elegante traje y lo consoló hasta que éste quedo dormido. Una vez más tranquila, la mucama me dijo que Abraham Lincoln padecía de depresión crónica, y que a menudo le daban ataques de profunda tristeza, mismas que le hacían ser muy sensible en cuanto al sufrimiento de otras personas, y que ella creía que eso era bueno si algún día llegará a tener un puesto importante en la política. Según ella, y por lo que aprecie yo, los ataques le daban en cualquier momento del día o la noche, y que el procuraba nunca traer algo puntiagudo o afilado, por miedo a hacerse daño.

Al día siguiente, me llegó una invitación a la comida que se festejaría en la gran casa de Lincoln, supuse que estaba mejor, pero por si acaso, lleve unas cuantas pastillas antidepresivas, las cuales compre en México, uno nunca sabe. Al llegar a la gran casa, me acompañaron a sentarme en el inmenso comedor junto a otras lincolnpersonas de gran clase, Abraham estaba sentado en un extremo de la mesa rectangular a unas 8 sillas de mí. Antes de comenzar el banquete que horas atrás ya sentía que me llamaba, Abraham, se levantó y me agradeció públicamente lo que había hecho, explico su enfermedad, y que procuraba no pasará, pero que en sus ataques no tenía mucha conciencia de lo que hacía. Dicho esto, comenzó la repartición de platos y cubiertos que tanto estaba esperando, comí hasta saciarme, después de todo ¿cada cuánto tienes la oportunidad de comer con alguien que probablemente en un futuro sea un personaje histórico? De igual manera tenía hambre, y no me da pena contárselo mis nietecitos. Al terminar, y avisar que me iba, Abraham me acompaño personalmente a la puerta, me agradeció por segunda vez y me dijo que siempre tendría abiertas las puertas de su casa. Desde ese entonces nos hicimos muy amigos.

 

Tiempo después, en 1861, me enteré de que había ganado las elecciones a la Presidencia de la Unión, gracias a sus discursos en contra de permitir esclavos, los cuales al parecer estaban llenos de sentimiento. Supongo que fue su depresión crónica lo que le ayudaba a sentir que tenía que hacer algo por ellos.

A veces me siento en mi vieja mecedora, volteo a ver el fuego de mi chimenea mientras doy un sorbo a mi taza de café y me pongo a pensar ¿Si Abraham Lincoln no hubiese padecido depresión crónica, no sería recordado como un personaje histórico en cuestión a los derechos humanos?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s