Un samurai revolucionó México.

Por El Abuelo

Queridos nietos, hoy les contaré una historia de mi juventud, en aquella época de fuertes luchas armadas en México: La revolución, así que pónganse cómodos, traigan una manta y presten atención.

Fueron dos años muy entretenidos para mí,. De 1911 a 1913, estaba en mi auge de popularidad con la gente del pueblo mexicano. Era amigo en común del gran Pancho, el de los licuados, (sí, Pancho Villa) y el siempre elegante Francisco I. Madero. Ellos no se llevaban tan bien, pero no les molestaba mi amistad con cada uno de ellos. Un tiempo me la pasaba con Pancho y el otro con Francisco, y para 1911 estaba con este último mientras dirigía, como acostumbraba, a su gente. En una de esas, me percate de que uno de los hombres se acercaba hacia nosotros, pero de lejos aprecie que no era mexicano. Sus ojos rasgados delataban su sangre asiática, y su acento de voz ni se diga, se llamaba Kingo Nonaka. Francisco le hablaba como solía hacerlo con sus personas de confianza. Tiempo después me hice amigo del japonés (me entere que era originario de ahí), quien me contó que a los 17 años se fue de su país, donde era cazador de perlas, para buscar nuevas aventuras. Hasta se me figuró a mí. De esta manera llegó a México en 1906, donde cultivó café por un tiempo. Posteriormente emprendió un viaje hacia Estados Unidos, así que le quedó más cerca alojarse en Ciudad Juárez, donde decidió convertirse en enfermero autodidacta. Por azares del destino no duró mucho como enfermero, conoció a Francisco y se unió a sus fuerzas, de hecho en algunas batallas peleó a lado de él; ambiente que supongo le gustó, puesto que tiempo después de que lo conocí, le perdí la pista.

En 1913 fui a visitar a mi amigo Pancho Villa y para mi sorpresa “el Samurái” como le llamaban ya trabajaba también con él, en el batallón de salud del ejército. Una cosa era estar con las fuerzas de Francisco, pero… ¿Enlistarse con la poderosa División Del Norte? Al muchachito le gustaba el mitote.

Aún recuerdo uno de los diálogos que mantuvo con Francisco, le dijo algo como “¿Por qué ustedes se están matando, mexicanos con mexicanos?” a lo que mi camarada Madero respondió “Yo soy jefe de un grupo, y nos estamos matando unos con otros, de la misma raza, pero ellos pertenecen al ejército federal, la gente de Porfirio Díaz, el dictador, y para él, los mexicanos no tenemos garantías, ni justicia ni igualdad. Somos esclavos de los ricos extranjeros y entre nosotros los mexicanos tenemos gente muy competente para desempeñar cualquier trabajo por delicado que sea, pero para el presidente Díaz, que apoya sólo a los ricos extranjeros, los mexicanos no existimos. Por eso estamos matando a los partidarios y a la gente de Porfirio Díaz. ¿Me entendió, mi doctor Nonaka?”.

Yo me retiré a buscar otras aventuras, pero él se quedó con Pancho, creo hasta 1914. Después supe que en 1923 hacía otras cosas como tomar fotos, de hecho abrió el primer estudio fotográfico local en Tijuana.  Hizo muchas otras cosas importantes en México, le sirvió mucho a la que consideraba su patria, pero es difícil contárselas todas en un ratito mis nietecitos. Le tome foto a su diploma de condecoración por mérito revolucionario, para que la guarden en sus cajitas esas donde traen de todo.

A veces me siento en mi vieja mecedora, volteo a ver el fuego de mi chimenea mientras doy un sorbo a mi taza de café y me pongo a pensar ¿La historia reconoce de igual manera a los héroes nacionales aunque sean extranjeros?

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