La vida después de no pasar en la UNAM.

Por Roberto GH

El examen era a las 9 de la mañana y no había comido desde la tarde del día anterior. Me levanté pasadas las 6 y me metí a bañar. Saliendo agarré una guía de estudios que había comprado y me puse a repasar algunas fórmulas de geometría. Salí a las 7 de donde me hospedaba y me dirigí a un taxi con mi amigo. Nos bajamos  unas 4 cuadras antes de la sede y podía ver como los otros estudiantes se dirigían al mismo lugar que yo. Caminaban de una forma dispersa; uno adelante de mí, otro en la otra cuadra, otros con sus madres cargándoles los papeles que debían entregar. En ese momento no estaba nervioso, pero sí enojado conmigo. Me repetía una y otra vez que debí haber estudiado más, que todo lo que hice fue repasar lo que ya sabía y que si tan sólo el examen fuera en la tarde tendría más probabilidades de pasar.

Llegué a la fila de estudiantes y mi amigo se separó de mí y se unió a los espectadores, a los familiares, a los vendedores, etc. Mientras, yo seguía avanzando mostrando mis documentos cada 50 metros y al estar dentro de la sede tuve que formarme más tiempo hasta que me dijeron tenía mal una copia y me tuve que formar todavía más tiempo hasta que por fin entré al salón.

Estudiando con un nihilista a mi lado.

Estudiando con un nihilista a mi lado.

Ahí ya todos estaban sentados y no hice contacto visual con nadie. No quería humanizar a aquellos que competían contra mí por entrar a la universidad. Y entonces mostré de nuevo mis documentos, dejé mis cosas adelante y me senté al fondo en la última banca que había. Tuve que pasar diciendo “con permiso” como si me encontrase en el cine, llegando tarde, cuando la función hubo comenzado. Tenía mi lápiz, mi sacapuntas y mi examen en mi pupitre esperando a que dieran el timbre para poder usarlos.

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Una que otra alma ingenua.

Abrí el examen y desde la primera pregunta supe que algo estaba mal. No es que no supiera la respuesta, sino que en ese momento supe que no iba a pasar. Pasaba por las preguntas haciendo cálculos en las hojas y circulando las respuestas. De vez en cuando mi estómago rugía y todos lo escuchaban, así que tenía que ponerme en una posición como de bolita para que el sonido se mitigará un poco. Llegando al final del examen me preguntaba si debía esperarme a que dieran el timbre de cese y seguir revisándolo, o entregarlo inmediatamente una vez acabado. Me decidí por la segunda.

Al salir del salón sólo quería irme a  casa a comer y dormir, pero todavía tuve que hacer más papeleo durante casi una hora, si no es que más. Si hay una cosa que odio de los exámenes es que la gente hable de ellos por horas después de presentarlos. Ya no quería oír más qué respuesta eligieron en el problema de río, o qué les dio en el problema de la potencia. Hubo silencio y me sentí mejor.

Saliendo de la sede tuve que esperar a mi amigo que fue a la basílica a rezar por mí (jaja). Cuando llegó fuimos a donde nos hospedamos a recoger nuestras cosas y me seguía preguntando del examen; le decía “bien”, “sí” a todo. Al salir de la casa había gente borracha peleándose y una mujer estaba llorando; !qué lindo es el DF! Tomamos un taxi y tuvimos que escuchar “Cartel de Santa” durante 40 minutos hasta que llegamos a la central de camiones. Compramos dos boletos a Torreón y me compré un “Cornetto” mientras esperábamos el camión. Al subir me revisaron y me regalaron unas papitas y un agua.

El viaje duró unas 13 horas y pude ver “Escándalo Americano” de una manera muy rara porque le quitaron todas las escenas de sexo, y pues sin sexo no se entiende una película. Terminé leyendo y escuchando música hasta que me quedé dormido. No dormí mucho, llegué a la central en Torreón despierto. El resultado del examen ya no me ocupaba el pensamiento, sabía cuál iba a ser. Nos recogieron los papás de mi amigo y fuimos a su casa, ahí dormimos unas 4 horas y nos llevaron a la escuela. En cambio, yo no entré y decidí irme a mi casa.

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Un frasco con lágrimas de los rechazados.

Tiempo después vi los resultados y no pasé por unos puntos. Y ahora pienso en muchas cosas: sobre si voy a volver a presentar en la segunda vuelta, ir a otra universidad o dejarme llevar por el camino del “ninismo”.

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El panorama casi arrebolado significa que estoy cerca de casa.

Pero definitivamente, sea cual sea la decisión, no pasar en la UNAM es la cosa menos trágica que me ha pasado, mi vida sigue igual, sólo que he aprendido que hay que estudiar al menos un poco cuando en tu carrera presentan miles de personas.

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